A Carmen le molesta algo desde hace tiempo.
Carlos, su pareja, llega tarde casi siempre.
No avisa.
Y cuando llega, actúa como si no pasara nada.
La primera vez, Carmen pensó que no valía la pena decirlo.
Lo justificó:
“Seguro que ha tenido un día complicado.”
La segunda vez, se dijo que no quería discutir.
Evitó el conflicto:
“No es tan grave.”
La tercera vez sintió un nudo en el estómago.
Pero volvió a callar.
Y sonrió igual.
¿Tú como crees que se sintió Carmen?
Y Cuando Carlos entró por la puerta ese día, Carmen volvió a disimular y le preguntó:
“¿Todo bien?”
No expresa lo que siente ni lo que piensa.
No dice que estaba esperando.
No dice que se sintió poco importante.
No dice que le dolió.
Durante la cena, Carmen está más callada.
No porque no tenga nada que decir,
sino porque no ha podido expresarse.
Él no lo nota.
Ella tampoco lo señala.
Por dentro, Carmen piensa:
“Si digo algo, igual se enfada.”
“No quiero ser pesada.”
“Seguro que exagero.”
¿ Puedes imaginarte cómo se fue a dormir esa noche Carmen?
Decir con una mezcla de tristeza y culpa, sería quedarme corta.
Sintió…imagínalo tu misma.
Al día siguiente actúa como si nada hubiera pasado.
Hace lo de siempre: se adapta.
Y el patrón se repite.
Desde fuera, Carmen parece comprensiva.
Flexible.
Fácil de convivir.
Desde dentro, se va apagando poco a poco.
No porque no sepa lo que le molesta,
sino porque aprendió que callarse es más seguro
que arriesgarse a perder el vínculo.

